jueves, 27 de agosto de 2015

Schengen o no Schengen, he ahí el dilema

Tengo la masoquista costumbre, como imagino que tendrán tantísimas personas, de abrir un par de periódicos digitales nada más levantarme para desayunarme con ellos sus inquietantes noticias, amén de reincidir en tal práctica a la noche y escuchar las noticias televisivas por lo menos una vez al día. Desde la impotencia de una ciudadana de a pie, sin vinculaciones  partidistas y con más interrogantes y contradicciones que certezas, siempre me estremezco por la crueldad, la perfidia y la falta de visión futura de los seres humanos. Vivimos en un mundo loco en el que siguen primando consignas del tipo: "con tu pan te lo comas", "sálvese quien pueda", "al enemigo ni agua", "tonto el último"... Es decir, el hombre como lobo para el hombre. Nos llegan a Europa miles de refugiados y la reacción es pertrecharnos y plantearse acabar con un principio, el de la supresión de fronteras y por ende la libertad de movimiento, que debería funcionar en todo el mundo.

¿Para qué sirven los avances tecnológicos si no nos ayudan a procurar un mundo mejor para TODOS? Evidentemente, ese todos incluye a todos los seres del planeta, puesto que todos somos seres humanos y compartimos el planeta tierra, ese espacio global que nos une -o nos debería unir por encima de todo- y en el que las fronteras nacionales marcan las diferencias. En cierto modo, la historia de la humanidad no es sino un asunto de poder, ligado a las fronteras en incesante transmutación. Un clan planta banderas y costumbres, a las que con el tiempo, sus usos y creatividad darán forma a lo que llamamos cultura. Desde el poder, porque donde hay dos personas ya hay poder, se tratará de mantener su monopolio, cuidando de permanecer en la poltrona sin permitir la llegada de otros. 

Claro que a estas alturas de nuestra "civilización", con muchas guerras a las espaldas y mucho miedo de que estalle otra porque podría ser la última, el panorama que se nos presenta mundial no resulta fácil ni de comprehender, ni menos aún de entender y de procurar soluciones globales. No obstante, me gustaría una todopoderosa organización supranacional que velara por el bien común, en la que la representación no fuera por paises ni banderas, en la que ese irremediable poder fuera ostentado por personas únicamente interesadas por el bien común del planeta, más allá de naciones, religiones o razas, guiado por un ansia de mejorar el mundo globalmente, alimentado por valores tales como la igualdad, la justicia, la paz, la salud y la educación para todos. Personas preocupadas por atajar las diferencias entre las diferentes partes del mundo, alimentando el reparto de las riquezas, personas que se preocuparan de frenar el deterioro ecológico del planeta, que procuraran erradicar la explotación infantil, atendieran proveer cuidado a los desprotegidos (personas ancianas y enfermos), propiciaran el desarme a nivel planetario y emanaran, cual ondas magnéticas en su quehacer, el respeto, la confianza, la sinceridad y el altruismo como las formas inteligentes e imprescindibles de la relación entre humanos. 

Bueno, me temo que tal utopía nunca será posible. Miro las estrellas y me aturde su inmensidad. El pensamiento, las palabras, ¿por qué y para qué?

No hay comentarios:

Publicar un comentario