Como vaticinadora no tengo precio por el atino que tengo para predecir lo que no va a pasar. Es por ello que siempre me paro a escuchar a quienes, ecarnando ese rol de profetas de la tribu, se aventuran sin reparos a asegurarnos vehementemente aspectos del devenir, basándose en fuentes varias (teorías, analogías, datos, estadísticas...). No me importa si coincido o no con la ideología o intencionalidad de quienes expresan sus augurios, lo que a mí siempre me sorprende es la emocionalidad de los designios. El ser humano es una criatura teóricamente racional y, sin embargo, los sentimientos -y detrás de ellos las intenciones- embargan su discurso, desde un político en campaña electoral, hasta un científico investigando independientemente.
Pese a ello, seguimos y seguiremos escudriñando perpetuamente como sabuesos en una cacería, en busca de pistas que nos indiquen el camino a seguir. Los líderes de la manada interpretan las pistas que van surgiendo y nos indican el camino a seguir. Aquello que determine tales indicaciones resulta la clave para depositar nuestra confianza en dicho líder. Desde la irrefutable fragilidad del ser humano, me temo que los báculos vienen con defecto de fábrica.
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