Amanece un nuevo blog mientras surge el sol desde un mar cansado de intentar purificarnos. Si es la fuente de nuestra vida, ¿por qué lo mancillamos continuamente con nuestras miserias más sórdidas? Las orillas repletas de inmundicias varias, a las que llega la desesperación de los que escapan desde otras orillas del horror, nos recuerdan la desconcertante realidad de un frenético caos a punto de desbordarse.
Llevo viendo el mismo paraje con todas sus transmutaciones desde hace treinta y ocho años, cuando con quince empecé a pasar mis veranos en esta playa. Era una playa maravillosamente inmensa en la que las medusas eran anecdóticas y donde fácilmente encontrábamos alguna caracola que otra a lo largo del estío. Pese a todo, la inmutable inmensidad del mar, sus perseverantes vaivenes siguen siendo el perfecto narcótico para mi espíritu, en perpetuo estado de zozobra.
Vengo aquí y, como me pasa estos últimos días, me quedo sola con mi preadolescente (es decir, mi vampírico inquilino) sumergiéndome en la más absoluta sensación de soledad desde la panorámica altura de mi onceavo piso, rodeada de unas espectaculares vistas que me recuerdan que el mundo es contradictoriamente bello y atroz. Desde mi ventana observo el micromundo de los apartamentos en el que, para variar, yo no encajo o no sé cómo encajar: la pandilla de los perros que sacan a sus amos de paseo tres veces al día, los padres con niños en edad de juguetear que los juntan con otros con la esperanza de que puedan librarse un poquito de su yugo y así socializar un rato con los vecinos, los niños del fútbol y las niñas de la piscina que terminan la niñez con curiosidades varias, los preadolescentes y adolescentes reyes del mambo estival, los universitarios que apenas se dejan caer pues sus horizontes se van ensanchando, las parejas de mediana edad cuyos hijos vuelan y que, aún cuando empiezan a mostrar el rictus cuajado de desencantos, lucen modelos nuevos y poderío, los que se acercan a la jubilación y definitivamente adolecen de señas de identidad viejuna, por mucho botox que se echen, los de la tercera edad temprana que se pasean en parejas o grupos aferrándose a un hoy que puede no ser mañana y los de la tercera edad tardía amedrentados por la salud y el no futuro, cuyas apariciones resultan cada vez más esporádicas.
Ayer, hoy y mañana, en constante flujo y reflujo, al compas de las olas de la playa.
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