Tengo la masoquista costumbre, como imagino que tendrán tantísimas personas, de abrir un par de periódicos digitales nada más levantarme para desayunarme con ellos sus inquietantes noticias, amén de reincidir en tal práctica a la noche y escuchar las noticias televisivas por lo menos una vez al día. Desde la impotencia de una ciudadana de a pie, sin vinculaciones partidistas y con más interrogantes y contradicciones que certezas, siempre me estremezco por la crueldad, la perfidia y la falta de visión futura de los seres humanos. Vivimos en un mundo loco en el que siguen primando consignas del tipo: "con tu pan te lo comas", "sálvese quien pueda", "al enemigo ni agua", "tonto el último"... Es decir, el hombre como lobo para el hombre. Nos llegan a Europa miles de refugiados y la reacción es pertrecharnos y plantearse acabar con un principio, el de la supresión de fronteras y por ende la libertad de movimiento, que debería funcionar en todo el mundo.
¿Para qué sirven los avances tecnológicos si no nos ayudan a procurar un mundo mejor para TODOS? Evidentemente, ese todos incluye a todos los seres del planeta, puesto que todos somos seres humanos y compartimos el planeta tierra, ese espacio global que nos une -o nos debería unir por encima de todo- y en el que las fronteras nacionales marcan las diferencias. En cierto modo, la historia de la humanidad no es sino un asunto de poder, ligado a las fronteras en incesante transmutación. Un clan planta banderas y costumbres, a las que con el tiempo, sus usos y creatividad darán forma a lo que llamamos cultura. Desde el poder, porque donde hay dos personas ya hay poder, se tratará de mantener su monopolio, cuidando de permanecer en la poltrona sin permitir la llegada de otros.
Claro que a estas alturas de nuestra "civilización", con muchas guerras a las espaldas y mucho miedo de que estalle otra porque podría ser la última, el panorama que se nos presenta mundial no resulta fácil ni de comprehender, ni menos aún de entender y de procurar soluciones globales. No obstante, me gustaría una todopoderosa organización supranacional que velara por el bien común, en la que la representación no fuera por paises ni banderas, en la que ese irremediable poder fuera ostentado por personas únicamente interesadas por el bien común del planeta, más allá de naciones, religiones o razas, guiado por un ansia de mejorar el mundo globalmente, alimentado por valores tales como la igualdad, la justicia, la paz, la salud y la educación para todos. Personas preocupadas por atajar las diferencias entre las diferentes partes del mundo, alimentando el reparto de las riquezas, personas que se preocuparan de frenar el deterioro ecológico del planeta, que procuraran erradicar la explotación infantil, atendieran proveer cuidado a los desprotegidos (personas ancianas y enfermos), propiciaran el desarme a nivel planetario y emanaran, cual ondas magnéticas en su quehacer, el respeto, la confianza, la sinceridad y el altruismo como las formas inteligentes e imprescindibles de la relación entre humanos.
Bueno, me temo que tal utopía nunca será posible. Miro las estrellas y me aturde su inmensidad. El pensamiento, las palabras, ¿por qué y para qué?
jueves, 27 de agosto de 2015
lunes, 24 de agosto de 2015
Adiestradores del azar
Como vaticinadora no tengo precio por el atino que tengo para predecir lo que no va a pasar. Es por ello que siempre me paro a escuchar a quienes, ecarnando ese rol de profetas de la tribu, se aventuran sin reparos a asegurarnos vehementemente aspectos del devenir, basándose en fuentes varias (teorías, analogías, datos, estadísticas...). No me importa si coincido o no con la ideología o intencionalidad de quienes expresan sus augurios, lo que a mí siempre me sorprende es la emocionalidad de los designios. El ser humano es una criatura teóricamente racional y, sin embargo, los sentimientos -y detrás de ellos las intenciones- embargan su discurso, desde un político en campaña electoral, hasta un científico investigando independientemente.
Pese a ello, seguimos y seguiremos escudriñando perpetuamente como sabuesos en una cacería, en busca de pistas que nos indiquen el camino a seguir. Los líderes de la manada interpretan las pistas que van surgiendo y nos indican el camino a seguir. Aquello que determine tales indicaciones resulta la clave para depositar nuestra confianza en dicho líder. Desde la irrefutable fragilidad del ser humano, me temo que los báculos vienen con defecto de fábrica.
Pese a ello, seguimos y seguiremos escudriñando perpetuamente como sabuesos en una cacería, en busca de pistas que nos indiquen el camino a seguir. Los líderes de la manada interpretan las pistas que van surgiendo y nos indican el camino a seguir. Aquello que determine tales indicaciones resulta la clave para depositar nuestra confianza en dicho líder. Desde la irrefutable fragilidad del ser humano, me temo que los báculos vienen con defecto de fábrica.
domingo, 23 de agosto de 2015
Desde mi ventana
Amanece un nuevo blog mientras surge el sol desde un mar cansado de intentar purificarnos. Si es la fuente de nuestra vida, ¿por qué lo mancillamos continuamente con nuestras miserias más sórdidas? Las orillas repletas de inmundicias varias, a las que llega la desesperación de los que escapan desde otras orillas del horror, nos recuerdan la desconcertante realidad de un frenético caos a punto de desbordarse.
Llevo viendo el mismo paraje con todas sus transmutaciones desde hace treinta y ocho años, cuando con quince empecé a pasar mis veranos en esta playa. Era una playa maravillosamente inmensa en la que las medusas eran anecdóticas y donde fácilmente encontrábamos alguna caracola que otra a lo largo del estío. Pese a todo, la inmutable inmensidad del mar, sus perseverantes vaivenes siguen siendo el perfecto narcótico para mi espíritu, en perpetuo estado de zozobra.
Vengo aquí y, como me pasa estos últimos días, me quedo sola con mi preadolescente (es decir, mi vampírico inquilino) sumergiéndome en la más absoluta sensación de soledad desde la panorámica altura de mi onceavo piso, rodeada de unas espectaculares vistas que me recuerdan que el mundo es contradictoriamente bello y atroz. Desde mi ventana observo el micromundo de los apartamentos en el que, para variar, yo no encajo o no sé cómo encajar: la pandilla de los perros que sacan a sus amos de paseo tres veces al día, los padres con niños en edad de juguetear que los juntan con otros con la esperanza de que puedan librarse un poquito de su yugo y así socializar un rato con los vecinos, los niños del fútbol y las niñas de la piscina que terminan la niñez con curiosidades varias, los preadolescentes y adolescentes reyes del mambo estival, los universitarios que apenas se dejan caer pues sus horizontes se van ensanchando, las parejas de mediana edad cuyos hijos vuelan y que, aún cuando empiezan a mostrar el rictus cuajado de desencantos, lucen modelos nuevos y poderío, los que se acercan a la jubilación y definitivamente adolecen de señas de identidad viejuna, por mucho botox que se echen, los de la tercera edad temprana que se pasean en parejas o grupos aferrándose a un hoy que puede no ser mañana y los de la tercera edad tardía amedrentados por la salud y el no futuro, cuyas apariciones resultan cada vez más esporádicas.
Ayer, hoy y mañana, en constante flujo y reflujo, al compas de las olas de la playa.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
